Resumen capítulos 5, 6 y 7 de "Historia de la filosofía", de Fernando Savater
El cristianismo comenzó como una oposición al judaísmo en Israel, que por aquel entonces formaba parte del Imperio romano. Los judíos esperaban el día en el que llegara el Mesías para liberarles de la opresión romana, mezclando así política y religión. Debido a que no había una fecha concreta de la llegada del Mesías, las autoridades religiosas judías se sorprendieron al escuchar rumores de que éste había nacido en Belén, hijo de un carpintero de Nazareth y una “virgen”, y de que también hacía milagros. Los Evangelios, que narran la vida y la muerte de Jesucristo, fueron escritos mucho después, por lo que es difícil comprobar su veracidad histórica, pero, ya que en la religión lo importante es la fe de sus creyentes, no importa.
Pablo de Tarso fue el mejor
propagador de la doctrina cristiana, viajando mientras proclamaba la igualdad
de los hombres independientemente de su condición o raza y que había que
obedecer más a Dios que al emperador (incluso en la propia Roma). Los romanos
creían que tenían que el primero al que había que respetar como a un dios era
el emperador, ya que para ellos los dioses de los países que conquistaban eran
simples trofeos. Los cristianos eran perseguidos y asesinados al decir que los
demás dioses eran falsos y que el mundo en el que gobierna Roma desaparecería
cuando llegara el Mesías, castigando a los herejes y recompensando a los
fieles. Su religión se expandió gracias a su mensaje de unión, llegando a ser legalizada
y oficial, hasta la creación de la Iglesia, el cargo de obispo (posteriormente
llamado Papa) y los teólogos, que utilizaban métodos de la filosofía griega y
las normas jurídicas romanas.
A pesar de que la Iglesia
prevaleció, los bárbaros acabaron con las escuelas de filosofía y priorizó la
lucha a cualquier otra cosa, por lo que el número de analfabetos aumentó. Los
árabes irrumpieron en Europa y los cristianos emprendieron las famosas cruzadas
por la Tierra Santa. A todo esto, se le suman las hambrunas y las epidemias de
peste. Los conventos rescataron la filosofía, meditando sobre las obras
conservadas y copiándolas. Así nacieron muchas universidades con profesores y
alumnos clérigos, dejando a los nobles con la guerra y los cultivos.
La filosofía trataba de responder
a las grandes preguntas sobre el mundo mediante la observación y la lógica, por
lo que siempre estuvo enfrentada con la religión, discutiendo sobre si la fe y
la razón podían ser compatibles. El primero en hacerlo fue Aurelio Agustín, que
aseguraba que la verdad absoluta que busca la filosofía y encuentra la fe es
Dios. La razón debía servir, según él, para buscar a Dios en nuestro interior.
Él consideraba que había un Bien Supremo que hacía las cosas “buenas” (tal y
como eran) y que, al corromperse, pasaban a ser “malas”. Lo verdaderamente malo
era el pecado, y Agustín decía que todos acabaríamos en el infierno debido al
pecado original de Adán y Eva. En una de sus obras habla de dos ciudades, la de
los humanos y la de Dios, imperfecta y perfecta. Luego estuvo Severino Boecio,
que afirmaba que había un modelo perfecto al que aspirar y que, comprendiéndolo
a través de la filosofía, alcanzaríamos la felicidad. Dicho dilema entre fe y
razón se trasladaba al islam y al judaísmo con Averroes y Maimónides. Tomás de Aquino fue de los primeros en
impartir esta parte de la teología en las universidades. A su parecer, la fe
iba por encima de la razón, y fue el primero en buscar evidencias auténticas
sobre la existencia de Dios. El último gran filósofo de la época medieval y
también el primero de la filosofía digamos «moderna» fue Guillermo de Occam,
que decía que el origen de todo conocimiento humano es la experiencia. Sólo
podemos saber aquello de lo que tenemos evidencias básicas aportadas por nuestros
sentidos. Para Occam, la fe sigue su camino y la razón el suyo, fundado en la
experiencia. Si queremos aumentar nuestro conocimiento debemos hacerlo a partir
de lo que comprobamos empíricamente.
Con el paso a la Edad Media, el
tema fundamental de la filosofía dejó de ser el contenido de los dogmas
cristianos y las peculiaridades de la naturaleza sobrenatural de Dios, dejando
paso al hombre y sus capacidades humanas, mientras que la teología quedó
relegada a un segundo plano. Giovanni
Pico de la Mirandola expresa este giro en una de sus obras donde se cuenta un
mito, semejante a aquellos de los antiguos griegos, explicando que el hombre no
sólo es parte de la creación divina, sino que colabora en ella, como una
especie de dios en miniatura, poniéndose por delante al resto de seres.
El intelectual más influyente de
esa época fue Desiderio Erasmo, maestro del saber en todos los países, que pensaba
que todos los humanos estamos necesariamente más o menos locos (poseídos por
obsesiones fantásticas e ilusiones). En todos los campos nos movemos gracias a
fantasías o exageraciones que tomamos tremendamente en serio, y Erasmo sabe muy
bien que no todas esas «locuras» tienen el mismo mérito ni el mismo peligro.
Erasmo era muy crítico con la Iglesia y sobre todo con los papas, demasiado
dedicados en su época al lujo, a la sensualidad y a las intrigas políticas:
vivían literalmente como príncipes, no como sacerdotes y representantes de la
humildad cristiana. Erasmo escribió páginas demoledoras contra ellos, que probablemente
inspiraron en parte a los reformadores protestantes. Pero cuando Lutero lanzó
su cisma, Erasmo no se decidió a ponerse de su lado abiertamente. En lo que
Erasmo fue más claro fue en su oposición a la guerra.
En alguno de sus viajes, Erasmo fue
a Inglaterra y se alojó en casa de su amigo Tomás Moro, un estudioso de los
filósofos clásicos, pero también un hábil político, consejero durante cierto
tiempo del rey Enrique VIII. La diferencia entre ambos era que Moro ocupó
cargos políticos, en vez de mantenerse al margen de esos asuntos como el
prudente Erasmo. Por ello, cuando el Enrique VIII ordenó al Parlamento inglés
anular su matrimonio con Catalina de Aragón y nombrar heredero del trono al
hijo que había tenido con su segunda esposa, Tomás Moro se negó a firmar esa
acta y terminó ordenando que le cortaran la cabeza. Cuando quienes querían
salvarle la vida le sugerían que dijese una palabra de arrepentimiento al rey, Moro
se negó. Escribió un libro cuya celebridad ha llegado hasta nuestros días: Utopía,
una especie de novela que cuenta la llegada de un náufrago a una isla
denominada Utopía. Este breve argumento sirve para contarnos las instituciones
y la forma de vida que imperan en ese lugar fabuloso, ya que allí no existe la
propiedad privada ni el dinero, nadie puede permanecer ocioso salvo riguroso
castigo. Sólo se cultivan las ciencias que sirven para fines prácticos y su
religión se basa en la inmortalidad del alma y los castigos o premios que le
corresponden tras la muerte, pero si se aceptan estos dogmas, no hay que
pertenecer a ninguna iglesia determinada y el cristianismo coexiste sin
hostilidad con cualquier otra devoción. Sólo son condenados los fanáticos
religiosos que intentan perseguir a los fieles de doctrinas distintas, de modo
que el único pecado imperdonable es la intolerancia. La vida en Utopía, en
verdad, no parece demasiado atractiva porque nada puede ser discutido y no hay
novedades posibles. Sin embargo, lo cierto es que Tomás Moro no proponía un
programa de gobierno ni un modelo de paraíso, sino que criticaba los abusos
frecuentes en la Inglaterra de su época. Lo malo es que muchos de los que han
seguido las trazas de Moro pretendieron establecer en serio paraísos
obligatorios en los que todo estuviera previsto de antemano y los disidentes
fuesen castigados como traidores a la comunidad.
En el conocimiento, casi siempre se avanza poco a poco. La ciencia moderna llegó de la mano de quienes inventaban cosas y de quienes formulaban teorías, pero el paso decisivo se debió a Galileo Galilei, quien se dedicó a descubrir nuevos conocimientos científicos y a explicar cómo debe investigarse para llegar a esos conocimientos. Galileo afirmó que los hallazgos científicos nunca pueden hacerse en el los libros, sino en la Naturaleza. Gracias a su telescopio Galileo descubrió los satélites Júpiter y también se convenció de que Copérnico tenía razón: es la Tierra la que gira en torno al Sol, como los demás planetas, y no el Sol quien se mueve. Su descubrimiento despertó la indignación eclesiástica y tuvo que enfrentarse con un proceso ante el Santo Oficio inquisitorial y tuvo que abjurar públicamente de sus bien probadas teorías. Galileo sostenía que el gran Libro del Universo está escrito por Dios con todo lo que existe, se mueve y actúa en la realidad, pero después de la experiencia que observa, la clave para comprender ese libro reside en las matemáticas, la fórmula para poner en claro lo que nos revela la experiencia. Combinando ambas nace la ciencia moderna, que tantos avances importantes ha traído a nuestro mundo. René Descartes se centró en ellas. Su mayor preocupación intelectual fue buscar la certeza en el conocimiento. Su originalidad fue centrarse en elementos biográficos para indicar el camino a seguir: antes de dictar normas para todos, contó en primera persona su propia aventura intelectual. El pensamiento de Descartes causó impacto en toda la Europa culta de su tiempo.
El más destacado de sus
seguidores fue el inglés Thomas Hobbes. Está de acuerdo con Descartes en que
cada uno de nosotros es un cuerpo piensa y que nuestros pensamientos provienen
de las imágenes que los objetos del mundo y sus movimientos proyectan sobre
nuestros sentidos. Hobbes llegó a sostener que también Dios tiene que tener
algún tipo de cuerpo material, pues quienes lo imaginan meramente espiritual e
incorpóreo están negando sin darse cuenta su existencia. Lo que más interesa a
Thomas Hobbes son la organización de la convivencia social y la justificación
de las instituciones de gobierno. Tanto Descartes como Hobbes intentaron
aplicar la nitidez de los razonamientos matemáticos a los problemas
filosóficos. Baruch Spinoza siguió su mismo camino, enmendando partes del
pensamiento de Descartes que le parecían erróneas. Frente a Spinoza se alzó
otro filósofo que comprendió bien la importancia de su pensamiento, pero optó
por defender tesis opuestas, al menos en parte: Gottfried Wilhelm Leibniz. En
cierta ocasión visitó a Spinoza en su taller holandés, pero casi
clandestinamente, y luego negó todo el asunto: no quería verse relacionado con
ese peligroso judío que le fascinaba y cuyo genio era de los pocos capaces de
entender.
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