Resumen capítulos 8 y 9 de "Historia de la filosofía", de Fernando Savater
Resumen capítulos 8 y 9 de "Historia de la filosofía", de Fernando Savater
Capítulo 8: “¡Hágase la luz!”
Cuando un “creyente” intenta imponerle
sus ideas a otra persona, pueden ocurrir dos cosas: o que esa persona la razone
como verdadera o que se dé cuenta de que hay que reemplazarlas porque no
sirven. Esto frecuenta traerles inconvenientes, pues los creyentes les llamarán
“herejes”, “impíos”, y proveería sitio a una contienda de ideas se libra entre
ellos. Como consecuencia, nace la Ilustración, que se apoya en utilizar la
exploración racional a los enigmas de la naturaleza y a los inconvenientes de
la convivencia humana.
Isaac Newton es el prototipo de
científico que hace ciencia de verdad. Su procedimiento no es más que una
prolongación del de Galileo Galilei, pero Newton no pretende desentrañar la
esencia de los fenómenos universales, sino cómo funcionan. La mayor parte de
los ilustrados dará por sentado que éste es el camino conveniente para conocer
lentamente, empero Newton no se contentó con lo cual recomendaba, ya que metió
recursos más “creyentes” que “pensantes”.
Uno de los más grandes fans de Newton ha
sido el francés François-Marie Arouet (conocido como Voltaire). Su biografía
está cercada de admiraciones rendidas y odios feroces. Escapó a Inglaterra para
evadir inconvenientes, y ahí localizó una sociedad muchísimo más tolerante. Aun
cuando a Voltaire le simulaba que escaseaba en buen gusto, no dudaba de que
Shakespeare era un poeta dramático de primer orden y se encargó de dialogar de
él a los de Francia que le ignoraban. Para Voltaire, lo fundamental era mejorar
la vida humana y conseguir la felicidad de La mayor parte, no desentrañar los
misterios del Mundo. Voltaire luchó más que nada contra la intolerancia, contra
todos los que desean obligar sus creencias a los otros, abogó por la
humanización del sistema penal y por la desaparición de la tortura y la pena de
muerte, siguiendo los pasos de Cesare Beccaria. Aun cuando sus críticas contra
el clero y sus aspiraciones de influir en la vida eran bastante duras, Voltaire
no adoptó una reacción francamente atea. La iniciativa de Dios le firngía a Voltaire
socialmente eficaz, y dicha utilidad era mejor argumento a su favor que las 5
vías de santo Tomás. Su obra importante
es “El espíritu de las leyes”, en la cual trata de aprender las leyes que rigen
la convivencia humana.
Durante el siglo de las Luces, la
Enciclopedia Chambers traducida al francés que dirigieron Diderot y D’Alembert
fue el símbolo de una nueva visión de las cosas. Diderot establecía que el ser
humano tiene 3 habilidades cognitivas: la memoria, el motivo y la imaginación.
Todas aquellas habilidades dan sitio a un área de entendimiento primordial: de
la memoria procede la historia, de el motivo viene la filosofía y de la
imaginación dependen las preciosas artes. Ésas son las 3 ramas primordiales del
gran árbol de la inteligencia humana que la Enciclopedia debía reflejar e
ilustrar de la forma más meticulosa viable. Según fueron apareciendo los varios
volúmenes de la Enciclopedia, la alarma se extendió por el templo católico. Aun
cuando los artículos de la obra trataban en La mayor parte de los casos de modo
bastante respetuoso los dogmas religiosos, la fe no se resaltaba del mismo modo
y los artículos históricos mostraban poco enardecimiento por los reyes, las
conquistas y las enormes batallas. Las autoridades de la monarquía francesa consideraron
dicha preferencia como una inquietante y subversiva falta de respeto, llegando
a encarcelar a Diderot. D’Alembert se asustó e hizo mutis por el foro, Voltaire
se aburrió de tanta erudición y compuso su propio Diccionario filosófico y
varios otros se retiraron para evitarse inconvenientes. La Enciclopedia acabó
por desarrollarse debido a Denis Diderot, quien redactó varios artículos,
organizó el material de cada volumen, burló la censura fingiendo obedecer sus
prohibiciones y hasta toleró pasar una temporadita en prisión por su causa.
Empero además Diderot tuvo tiempo para redactar novelas, obras teatrales,
diálogos filosóficos y ensayos sobre la naturaleza, el teatro, el arte, la
psicología y la moral.
A Berkeley le interesaba más la custodia
de las creencias religiosas que la filosofía pura y rígida. La mayor parte de
quienes sostienen que todo nuestro entendimiento procede de los sentidos acaban
defendiendo posturas materialistas, empero Berkeley les acusa de
inconsecuencia, pues apunta que claramente la “materia” es algo que ningún
sentido expone, dando sitio a un empirismo extremista.
David Hume aprovechó para excitar su
fecundo pensamiento los planteamientos de Berkeley. Su primordial campo de
meditación ha sido la naturaleza humana. Hume ha sido un empirista extremista,
para él solamente hay las impresiones que nuestros propios sentidos nos
aportan. Lo cual llamamos “ideas” no son más que recuerdos de impresiones
pasadas. Todo el resto son conjeturas que hacemos desde nuestras propias
percepciones y que proveemos por buenas a fuerza de costumbre. De todo el mundo
únicamente poseemos impresiones y combinándolas creemos que hay aquellas cosas
que vemos. El yo es solo una secuencia de impresiones y la memoria de
impresiones pasadas que se asocian con las presentes. Las leyes de la
naturaleza son primordiales hábitos o rutinas que tomamos por vínculos fines.
Hume duda seriamente de que podamos conocer nada con certeza objetiva, pues
cada una de nuestras propias impresiones son subjetivas, empero además del
escepticismo. Hume implica que los principios de la creencia es el politeísmo.
Como nuestra vida está llena de incertidumbre y jamás comprendemos si vamos a
poder lograr lo cual apetecemos, nos inventamos unos interlocutores mágicos a
los que rogar pidiendo suerte y ayuda. En el asunto moral, Hume alivia a la
ética de rigores puritanos, sacrificios y amenazas. Para él, no hay otra regla
de conducta que la paz humana. Referente a la ventaja social por excelencia, él
garantiza que se apoya en pretender lo mejor para la organización social de la
que formamos parte y sin cuya cooperación nos podría ser difícil o imposible la
vida. Varias son naturales, y otras, sin embargo, provienen de la necesidad de
conservar el parentesco social.
El filósofo más relevante del Siglo de
las Luces ha sido, sin ninguna duda, el alemán Immanuel Kant. Ha sido
protagonista de gigantes y revolucionarios sucesos; sin embargo, todos
ocurrieron a medida que pensaba y escribía. Se triunfó la vida como catedrático
de filosofía, inaugurando la saga actualizada de pensadores–profesores que hoy
es ya mayoritaria. Finalmente, de su historia le triunfó lo cual ahora llamamos
Alzheimer. Como iba perdiendo la memoria, anotaba en su dietario los temas de
plática que ya había tenido con sus amigos, para no repetirse. Incluso tuvo
pesadillas nocturnas por sus trastornos cerebrales. Kant admiraba la obra de
Isaac Newton y aspiró a transformarse en su versión filosófica, transformándola
en una ciencia bien implantada. Ya que el instrumento de la filosofía es el
motivo, va a ser primordial hacer un uso crítico de ella. El gran asunto de la
filosofía es el hombre y para Kant engloba 3 monumentales cuestiones
insoslayables: “¿qué puedo saber?”, “¿qué debo hacer?” y “¿qué puedo esperar?”.
Del nivel de certeza con que podamos contestar a aquellas preguntas dependerá
el destino como saber científico de la filosofía. A la primera de ellas, la que
trata del entendimiento, Kant responde con la “Crítica de el motivo pura”. En
el asunto del entendimiento humano se han enfrentado durante los siglos
filósofos racionalistas y otros empiristas, pero a Kant no le convencen ni una
de estas perspectivas, aun cuando supone que las dos poseen parte de razón. En
el razonamiento humano se da una materia (aportada con los sentidos por su
experiencia) y una forma (que pone la materia en entendimiento). Sin la materia
que nos aportan los sentidos nuestro conocimiento permanece vacío, empero sin
el orden aportado por el conocimiento los datos sensoriales son un caos ciego e
informe. Lo cual tenemos la posibilidad de conocer es una mezcla entre lo cual
nuestros propios sentidos perciben de las cosas y la manera que nuestro
conocimiento da a aquellos datos. Sin embargo, el motivo no se resigna a
limitarse a laborar con datos sensoriales y desea ir más allá, a las enormes
ideas metafísicas. Es una ambición bastante humana sin embargo que falla en un
cúmulo de contradicciones insuperables. A la segunda, contesta con que los
humanos somos activos y debemos tomar elecciones. Generalmente, son las
situaciones las que nos imponen el camino que debemos continuar. De esta forma,
nuestro comportamiento es heterónomo, y para Kant dicha forma de actuar podría
ser prudente o justificada, empero no es propiamente moral. El verdadero
comportamiento moral tiene que ser independiente. La última pregunta tiene una
contestación con 2 vertientes, una histórico–política y la otra religiosa. Como
espíritu realmente ilustrado, es un decidido universalista, es decir, piensa en
el costo importante de todos los humanos y su autonomía. A pesar de sus hábitos
aparentemente nada levantiscos, Kant simpatizó con la Revolución francesa y
condenó enérgicamente los abusos del colonialismo europeo. Sin embargo, en
cuestiones políticas podía ser idealista, empero no ingenuo. Kant además se
esfuerza por reconciliar su racionalismo pensante y su fe de creyente.
Capítulo 9: “La revolución de las ideas”
En ocasiones puede parecer que las
teorías de los filósofos no son más que películas. La población práctica no se
preocupa por las ideas filosóficas, sino por la vida real. Las cosas que
mencionan los filósofos solamente interesan a otros filósofos o a los que están
tan locos como ellos.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, seguidor
de Kant, ha sido compadre de Schelling y de Hölderlin. Los 3 siguieron con
fervor los acontecimientos revolucionarios de Francia, pero Hegel sintió un
enardecimiento no menor por Napoleón, al que consideraba prolongación y
heredero lógico de la revolución. En su pensamiento, sus distintas fidelidades
no encierran ni una paradoja. A partir de nuestro criterio, ciertos sucesos de
todo el mundo nos parecen dignos de aprecio racional y otros sin embargo los
poseemos por absurdos o aborrecibles. Para Hegel, todos son expresión elemental
de una misma razón que se va desplegando en pasos concatenados durante la
historia humana, y para él el motivo no es sólo una capacidad de las personas
finitos, sino la composición dinámica de todo lo existente. El individuo
empieza a pensar desde su condición finita y experimental, pero luego el propio
despliegue de el motivo debería llevarle hasta expandir su visión y fundir lo
limitado en lo infinito y absoluto. Esta travesía intelectual es narrada en su
creación más fascinante: “Fenomenología del espíritu”. Aun cuando habla de
asuntos que en último término nos interesan a todos, Hegel redacta
primordialmente para técnicos y maestros de filosofía, lo cual hace la mayor
parte de su obra inaccesible al principiante. La lógica de Hegel no trata de
cómo se argumenta, sino de cómo se cree. En otras lógicas se señalan los tipos
de argumento equivocados; sin embargo, en la de Hegel cada paso de el motivo es
válido y además precisamente falso, pues únicamente el grupo mundial de el
motivo hecha en el planeta, la Iniciativa total y absoluta, puede aspirar a ser
considerada “la verdad”. Este modo paradójico de continuar en el raciocinio es
llamada dialéctica y constituye la aportación más fructífera de Hegel al método
intelectual. Según ésta, el motivo instituye una aseveración o tesis, luego
comprende las objeciones que la invalidan y pasa a negarla en la antítesis,
para retomar una y otra en la síntesis, que va más allá de las dos
recogiéndolas y superándolas. Los superiores discípulos de Hegel fueron quienes
más decididamente aprovecharon su educación invirtiendo su sentido.
Ejemplificando, Ludwig Feuerbach.
Sin lugar a duda, el más destacado seguidor de Hegel ha sido
Karl Marx, que no solamente ha sido filósofo, sino además economista,
periodista y político. En París se logró amigo de Friedrich Engels, su fiel
compadre y además colaborador en parte importante de sus obras, así como su
mecenas a lo largo de los últimos años en Londres. Sin embargo, ha sido en
Londres donde redactó “El capital”, una obra monumental e inacabada en la que plantea
sus ideas sobre economía, historia y filosofía política. Marx se interesó mucho
por la obra de Feuerbach, pues dice que todo pensamiento crítico empieza por la
crítica a la creencia. A lo largo de siglos, los pensadores han pretendido
dedicarse a una contemplación desinteresada de todo el mundo, pero Marx desea
usar su meditación para combatir la tiranía y emprender una mejor organización
de la sociedad. Si la filosofía no posee efectos prácticos, inclusive
revolucionarios, va a ser únicamente otra modalidad de “opio del pueblo” como
la creencia, que no sirve más que para adormir a los habitantes y
acostumbrarles a que se resignen a la injusticia social. Lo cual mueve la
dialéctica mundial no es la Iniciativa, sino la Materia, que en la situación humano
no es jamás mera cuestión de átomos y mecánica sino de confrontación social y
peleas por el poder. Es cierto que los burgueses capitalistas fueron
imprescindibles históricamente para concluir con el feudalismo y la
aristocracia, empero ahora se han convertido en un inconveniente para que
llegue a desarrollarse la futura sociedad, sin clases ni jerarquías sociales,
en la que se emanciparán los trabajadores proletarios y todos seremos por igual
propietarios de lo común. Por consiguiente, la revolución social no es una
exigencia moral ni un imperativo ético, sino una necesidad histórica que
debería acelerarse sublevando mediante la crítica y el adoctrinamiento a los
explotados que todavía no saben que lo son. Los verdaderos triunfos
revolucionarios que logró su ideología no consistieron en un cambio de régimen
tras una guerra civil, sino en conquistas como el Estado de confort, la
estabilidad social en temas de salud y enseñanza, etc, arrancadas por la fuerza
a los capitalistas, que justamente querían eludir de esta forma padecimientos
más grandes.
Es frecuente que los filósofos hayan
sido críticos con las ideas de sus colegas anteriores o presentes, pero casi
siempre han guardado las posibilidades corteses y al menos cierto aspecto de
respeto por ellos. Una fundamental exclusión a esta regla fue
Schopenhauer, que atacó con pocos miramientos a los idealistas
Fichte, Schelling y sobre todo a Hegel, al que calificó de
«farsante», «criatura ministerial» y «cabeza de alcornoque», entre otras
lindezas. Arthur Schopenhauer Arthur Schopenhauer nació en Danzig, en
la actual Polonia, hijo de un comerciante que se volcó en su educación y
de una madre novelista a la que detestaba cordialmente y que le devolvía igual
«cariño». Recién cumplidos los treinta años publicó su obra
fundamental, El mundo como voluntad y representación, que para su
gran indignación pasó inadvertida durante décadas. Y entonces obtuvo por
fin la victoria y el reconocimiento que se le habían escapado toda su historia.
Aunque veneraba a clásicos como Platón, Hume o Goethe, para
Schopenhauer el más enorme genio filosófico de todos los tiempos fue
Kant. Schopenhauer asume que lo que conocemos de la realidad no es más que
nuestra representación de lo que hay, mejor dicho, lo que Kant
denominaba el «fenómeno». No obstante, esa representación no viene de
nuestro entendimiento sino de nuestra intuición importante, a partir de la
cual operará después la razón y sus conceptos abstractos. Al
final, la representación no es sino lo que los hindúes llamaron «el velo de
Maya», el conjunto de ilusiones hechas por nuestros anhelos y apetencias
vitales, que encubren lo que no les interesa y embellecen lo que
prefieren. Puesto que lo que de verdad cuenta para nosotros de todo el planeta
es lo que la voluntad que básicamente nos constituye quiere de él, una
demanda infinita que constantemente desea más y más, sin contentarse nunca
con nada, anhelando algo nuevo en cuanto conseguimos lo que habíamos
apetecido. Realmente no es nuestra razón idealista la que dirige cuanto
queremos, sino nuestro salvaje e inconsciente querer el que domina cuanto
sabemos y razonamos. Todos los monumentales pensadores, desde los
griegos, han supuesto que lo que está bien en el mundo es la totalidad en
su conjunto, y que los males provienen de nuestra individualidad
caprichosa e incorrecta. Pero justamente la población puede, por
medio de su razón, notar de este absurdo y frenar su
querer, apaciguarlo o incluso, en casos geniales, renunciar a la
voluntad voraz. Las recomendaciones de Schopenhauer sobre el amor
sexual, la política o las relaciones sociales no llegan hasta predicar la
santidad misma y la renuncia completa, pero pretenden reducir al mínimo
los padecimientos de la vida utilizando el sentido común.
Hegel basó su sistema en la necesidad y
el Todo; nadie se le opuso con tanta radicalidad como Kierkegaard, que defendió
la posibilidad y el individuo sin ningún sistema. También Hegel habla en su sistema de
lo concreto y de la verdad, pero para él sólo cuenta el despliegue de la
razón y no la experiencia vivida. Lo que el individuo conoce y lo que le atormenta
es la posibilidad, la cual depende de nuestra libertad y de las circunstancias
de todo tipo en las que debemos elegir y las cuales no hemos elegido. Para
los individuos angustiados por la posibilidad, se dan tres estadios de
existencia. El primero es el estadio estético, donde se elige siempre
lo exquisito, pero esto desemboca en el aburrimiento porque la perpetua busca
de lo nuevo termina aniquilado por la insustancialidad. El segundo estadio
es el ético, donde se alcanza no la vida que todos pueden vivir. Pero
en la disciplina de la ética se asume sin remedio la culpabilidad que encierra
cada individuo en su vida, la disposición siempre pendiente al mal que
sólo el acatamiento a la ley nos permite aplazar. Por tanto, la ética
es constantemente vivida como arrepentimiento insuficiente para quien desea la
perfección. El tercer estado es el religioso. Se trata de una
terrible violación de la ética normal en nombre de la fe que el patriarca acepta
con angustia, aunque finalmente se ve dispensado de su
cumplimiento. Abraham se arriesga a desafiar las normas morales en busca
de algo superior a la ética misma, y ésta es la función de la fe en un Dios
infinitamente extraño al que no podemos comprender con la razón pero que puede
salvarnos de la angustia a través de la sinceridad.
Friedrich Nietzsche fue quizá uno de los mejores y a la vez más controvertidos de toda la historia moderna de las ideas. Ante todo, Nietzsche fue un seguidor de las doctrinas de Schopenhauer, pero el mejor discípulo fue también quien más radicalmente contradijo las conclusiones del maestro. Igual que Schopenhauer, Nietzsche contempló el mundo como una realidad caótica y atroz, llena de dolor y carente de piedad, sin un sentido ni una finalidad superior y armoniosa. La diferencia fundamental entre ambas posturas es que Schopenhauer no esperaba nada mejor que el nirvana, la aniquilación renunciativa, mientras que el cristianismo espera otro mundo feliz más allá de este mundo, donde la existencia reciba sentido y disfrute de armonía fraterna. El amor a la vida impone amar también sus aspectos atroces y despiadados. El fuerte y valeroso, que vive confiando en las altas lecciones del cuerpo y no cree en el más allá, no es culpable de su afirmación vital, por lo que el resentimiento de quien le teme o le envidia y aspira a otro mundo en el que pueda verle castigado no es fuente de mérito ni fundamento de normas morales dignas de tal nombre. La voluntad de poder caracteriza al gran artista que no se encuentra bajo el patronato del dios Apolo, razonador y amante de la armonía clásica, sino más bien bajo el de Dionisos, que todo lo trastoca y se arriesga a los máximos peligros. El superhombre acepta el eterno retorno de cada momento, es decir, pero siempre merece ser asumido sin traicionar la fidelidad al gozo terrestre de la vida. Todo el pensamiento de Nietzsche está expuesto en obras de alto rango literario compuestas en forma de aforismos y breves textos de enorme poder sugestivo.
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